Extractos del libro "Alemania, el país imprescindible." de Begoña Quesada

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User: Bbb at wikivoyage shared [CC BY-SA 1.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/1.0)], via Wikimedia Commons

Muchos de los instrumentos que utilizamos tienen tecnología germana. Las grandes decisiones económicas tienen a menudo un gen berlinés. Y sin embargo esta es una nación aún muy desconocida. Begoña Quesada explica en su libro por qué Alemania es un país que nos conviene entender mejor.

(Por Begoña Quesada) Hay pocos países que conmemoren sus derrotas como Alemania. Lo normal es tener arcos de triunfo. Pero en Múnich, donde Adolf Hitler pasó de sueño a pesadilla, la Puerta de la Victoria está coronada por un friso que dice Dem Sieg geweiht, vom Krieg zerstört, zum Frieden mahnend (dedicado a la victoria (contra Napoleón), destruido por la guerra (II Mundial), implorando paz).

Un monumento que entre sus escasos metros cuadrados esconda tantas y tan complejas vueltas sólo puede estar en un país con mucha profundidad. O con mucha altura, depende de desde dónde se mire.

Sin embargo, la visión que en general se tiene de Alemania es mucho más plana, algo frecuente en la historia de los perdedores narrada por los ganadores. En el imaginario de todos nosotros hay varias películas sobre la Segunda Guerra Mundial, donde la mayoría de los malos son alemanes. Si a  los nazis sumamos salchichas, coches, fútbol y cerveza, quizás un par de oscuros filósofos, el Muro y un idioma áspero, ya tenemos casi completo el repertorio de Alemania que existe en nuestras cabezas. En España esta visión bidimensional se ve reforzada por nuestra propia historia, la dictadura franquista y las decisiones a fuego marcadas desde arriba.

Pero Alemania tiene --además de ese lado negro-- muchas curvas y muy interesantes, algunas de ellas estrechamente ligadas con nuestro propio bienestar en España. Esta es una nación  "ave fénix" que se ha convertido en muchas decisiones en un país imprescindible y por tanto nos interesa conocerles mejor. Y esa es la finalidad de este libro, concebido como un puente de ida y vuelta.

CÓMO SE VEN

Al año de haberme mudado a Alemania en 2012 fui a hacer una revisión al dentista. Me atendió un doctor que peinaba hacia atrás un pelo blanco demasiado largo. Tenía unos ojos azules del mismo color que las paredes y que todo el mobiliario de su clínica. Enseguida me dijo que su hija vivía en Mallorca y que la visitaba con frecuencia. Primero intentó, tengo que decir que atragantadamente, unas palabras en español, y luego pasó a inspeccionar mi boca. Agradecí que  fuera un dentista y no un peluquero porque la conversación empezaba a caer en tópicos incómodos. Aunque el mejor lo dejó para el final.

"No veo que tenga usted ningún problema", me dijo, mientras la asistente colgaba un tubo de succión de mi boca para comenzar a hacerme una limpieza. Intenté sonreír.

"No hay caries ni nada estropeado. Bueno, ningún problema serio, quiero decir. Porque, los empastes que tiene... Se los hizo en España, ¿verdad? Es que aquí... los estándares son otros". Soltó una breve carcajadita. "Muchas cosas de las que pasan hoy en Europa se explican por eso", añadió.

Al intentar responderle, el succionador tiró de mi labio inferior y un chorro de baba y agua corrió barbilla abajo hasta mi blusa mientras el enojo trepaba por mis mejillas. "¿Qué es lo que me acaba de decir exactamente?", me pregunté.

Esta microconversación fue una cuerda con la que me he tropezado luego frecuentemente. Los alemanes trabajan bien. El problema es cuando creen que solo ellos trabajan bien y/o solo es aceptable su definición de 'bien'. En la pirámide de la corrección, ellos ocupan la parte superior. Lo que pasa es que el resto no vemos la pirámide.

Los germanos piensan mucho, hay quien ha dicho que a veces demasiado y, generalmente y salvo excepciones clamorosas, con éxito. Y lo saben. Se consideran "el país de las ideas".  Así lo publicitan en una página oficial  del Ministerio de Exteriores. Pero ya en 1807, antes de que existiera Alemania como tal, la pensadora Anne-Marie Germaine Staël llamó a Prusia y a los estados germanos "el país del pensamiento" y de la independencia del pensamiento.

Si las ideas fuesen algo realmente cuantificable y medianamente clasificable (buenas, mediocres, malas... horrorosas), sin duda Alemania ha sido la cuna de infinidad de buenas ideas, además de alguna de las más terribles. Este es hoy el tercer país del mundo con más premios Nobel, por detrás de Estados Unidos y el Reino Unido y era el primero antes de  la sangría causada por la Segunda Guerra Mundial. De los 80 galardonados alemanes, 68 lo son por su labor de investigación científica. Gran parte de la filosofía moderna tiene raíces alemanas y la universidad avanzada actual es un concepto alemán.

Lo mejor de todo para ellos respecto a este papel de "pensadores" es que se lo creen y actúan en consecuencia. Las empresas alemanas, que están entre las mayores del mundo, se mantienen en vanguardia con centros de investigación propia de los que salen, no solo productos innovadores, sino toda una red de aprendices cuidados por la empresa y orgullosos de su saber hacer. 

Listas de patentes, lista de premios Nobel, paro en mínimos, alto crecimiento económico, varias ciudades en las listas de calidad de vida,... Las cifras están ahí, les dan la razón y contribuyen a levantar un espejo en el que los alemanes se miran y, después de largas y oscuras décadas de autocuestionamiento, empiezan a gustarse. Y lo que tiene una carga de mayor profundidad: comienzan a estar cansados de pedir disculpas por la destrucción causada durante la Segunda Guerra Mundial. Para mí ésta es la primera parte del cambio que experimenta ahora su identidad nacional.

Cuando Alemania ganó el Mundial de fútbol en Brasil en 2014, las banderas alemanas en los balcones y los coches se multiplicaron y permanecieron expuestas durante meses, en lo que muchos interpretaron como un despertar: por fin se superaban definitivamente en la nueva generación sombras derrotistas, de culpa y autocuestionamiento  posteriores a la Segunda Guerra Mundial y a la reunificación, y todo el país se unía detrás de su selección y de su bandera. Una bandera cansada de herencias, que deja el equipaje en el desván y sale a la calle con ánimo de arropar a uno de los mejores equipos de fútbol del mundo.

 

Propio, Begoña Quesada

CÓMO NOS VEN

A los alemanes les gustamos. Somos un "yin" para su "yang". Alguien me dijo un día que los alemanes van a España  "a descansar de sí mismos". Nuestra flexibilidad, nuestra capacidad de improvisación, de ser acogedores, de comer y beber bien casi a cualquier hora, y que aún así seamos un país seguro y que funciona, aunque sea mínimamente para algunos, nos da la apariencia de haber cuadrado su círculo. Si a eso le añadimos las playas, el arte y el sol, la atracción es casi automática.

Casi.

Me llamó la atención el otro día  ver en el supermercado la comida improvisada por excelencia, las tapas, en una bandeja perfectamente organizada en la zona de refrigerados: cinco aceitunas, unas rajitas de chorizo,  un  trocito de  jamón y unos tacos de queso, cada uno en su compartimento y todo plastificado. Me imaginé a un Helmut entrando en casa: "Sabine, cariño, hoy vamos a improvisar: he traído una bandeja de tapas españolas".

Quizás no llegan a captarlo del todo pese a la amplitud y precisión de su idioma, y por eso les siga atrayendo nuestra creatividad, nuestra capacidad de encontrar soluciones, de "apañárnoslas". El sociólogo alemán y Premio Príncipe de Asturias Jürgen Habermas lo destacó como la cualidad española por excelencia cuando recibió el galardón en España, y los más curtidos diplomáticos y corresponsales en Bruselas saben que muchas veces ha sido la creatividad ibérica la que ha engrasado las ruedas de la construcción europea cuando se tropieza en algún renglón. 

Las relaciones diplomáticas modernas entre España y Alemania empiezan en 1951, en unos años de pos-guerra difíciles para Alemania en los que el régimen de Franco aviva una corriente germanófila.

Ya una Alemania normalizada y fuerte en los años setenta, en la que trabajan más de medio millón de emigrantes españoles, apoya con ideas, espacios de debate y dinero la transición española a la democracia.  En 1983, en plena euforia europea y con Helmut Kohl y Felipe González al frente de cada país, se inauguran las cumbres hispano-alemanas, para profundizar en esas relaciones. Alemania facilita que España se acerque a Europa  y, a cambio, España resulta un claro defensor de la reunificación alemana unos años más tarde. El amor estaba en el aire, como dice la canción. Y así pasaron los  noventa y  llegamos a este siglo.

Los germanos compraban pisos y villas en Málaga, Canarias y Baleares y fondeaban sus barcos en el Mediterráneo español. "Mallorca, esa preciosa isla alemana" o "el decimoséptimo lander alemán", como se escucha a veces aquí. Los alemanes fueron hasta hace unos años el tercer grupo de extranjeros residentes en España. Llegaban con intención de quedarse porque les gusta España, sobre todo si no es para trabajar.  En los años posteriores a la burbuja inmobiliaria, muchos vendieron o por lo menos lo intentaron, pero según las encuestas seguimos siendo un buen país para la fiesta  y el descanso.

Alemania tiene frontera con nueve países y nosotros no somos uno de ellos. Sus límites  hacia el este y el norte han sido variables y en general con pueblos de raíces germánicas: los daneses, los suecos, los holandeses. Son pueblos más próximos. Las fronteras hacia el sur y el oeste están  marcadas por gigantescos accidentes naturales, el  Rin  o los Alpes, al otro lado de los cuales existen dos potencias culturales, Francia e Italia. Más allá, hay otros pueblos que son como primos lejanos, más exóticos y pintorescos: los españoles, los portugueses o los griegos. Una guía de viaje sobre Francia posiblemente tenga la Torre Eiffel en la portada; la de Italia, San Pedro. La de España, una ristra de ajos, un burro con sombrero de paja o unos pimientos secos.

Con las guerras religiosas entre protestantes y católicos, especialmente encendidas en la tierra de Lutero (un tercio de los alemanes había muerto cuando terminó la Guerra de los Treinta Años en 1648), España y Alemania se distancian. Se alejan aún más cuando la dinastía francesa de los Borbones comienzan a reinar en España en el siglo XVIII. La literatura propagandística contra el Imperio Español, la llamada "Leyenda Negra", contribuye a consolidar una imagen negativa de España en Alemania. Durante el siglo XIX los encuentros entre ambos países son escasos y generalmente mediatizados por Inglaterra, Francia o Italia. Así que el recuerdo histórico es más inexistente que negativo. No existen residuos en el imaginario o el idioma contra los españoles, a lo que contribuye que nunca hemos luchado en bandos opuestos en una guerra. Cuando un alemán estudia español es porque se tiene ya una cierta relación con nuestro país, pero no necesariamente porque se considere útil o una cultura próxima.

En Alemania han dimitido ministros por copiar párrafos de una  tesis doctoral veinte años antes, presidentes del país por declaraciones conflictivas sobre actuaciones del ejército en el Exterior o por tráfico de influencias, y altos cargos militares por muertes de civiles extranjeros (no votantes) en misiones internacionales. Los alemanes admiran la eficacia con la que funcionan algunas cosas en España, "teniendo en cuenta que es un país del sur". Pero no comprenden la falta de reprobación que existe hacia el incumplimiento de las reglas, hacia la corrupción y la falta de responsabilidad social.

Un alemán, en cuyo  vocabulario  dimitir  lleva  un componente de retorno, de devolver lo que no es tuyo o no te corresponde (zurück es "atrás; de vuelta"), no comprende cómo en España las personas se pueden aferrar al cargo cuando se sospecha que no están cumpliendo de forma correcta con sus funciones. "Me sorprende la generosidad con la que el pueblo español trata a sus gobernantes", me dijo una profesora de alemán, que en su juventud pasó veranos en Málaga.

Sistemas que funcionan en Alemania, desde la valoración de los  coches de alquiler a un metro sin tornos, jamás funcionarían en España. Muchos alemanes de los que no hablan español pueden decir "cerveza", "fiesta", "gracias" o "por favor". Tiene sentido, son palabras relacionadas con sus vacaciones en España. Pero muchos saben también "siesta", "mañana, mañana" y "quizás", refiriéndose a una falta de puntualidad o de seriedad. Quizás por eso hay cosas que los alemanes prefieren hacer con alemanes, o por lo menos no con españoles si existe la opción. Günter Grass, en su discurso como Premio Príncipe de Asturias de las Letras 1999, habla sobre historia y literatura y hace dos referencias especiales a España, siempre con respeto y admiración: la novela picaresca y la creación intelectual en torno a la  Guerra Civil.

Al releerlo, tuve la sensación de que el luego Premio Nobel describía un poco al prototipo de español que muchos alemanes aún tienen en mente. Alguien que puede tener madera de héroe, de genio incluso en casos excepcionales, pero que cuando menos lo esperes se comportará como el  Lazarillo de Tormes,  que comía las uvas de tres en tres esperando engañar a su jefe, el ciego, que le había ordenado que las arrancara del racimo que compartían de una en una.

 

Extracto de  "Alemania, el país imprescindible". Begoña Quesada. Ediciones Nobel. 171 páginas.

Puntos de venta: Ediciones Nobel, Casa del Libro, amazon.

Begoña Quesada es doctora en Relaciones Internacionales y Máster en Política Económica Internacional por la Universidad de Columbia en Nueva York con una beca Fulbright. Trabajó como periodista con la agencia Reuters en Londres y Madrid. Fue jefa de prensa del Ministro de Asuntos Exteriores y jefa de Relaciones Internacionales de la Fundación Príncipe de Asturias. Desde 2012 vive en Alemania con su familia, donde escribe y da clases en la universidad.

 

 

 

 

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